domingo, 10 de febrero de 2013

El 82 por ciento de la riqueza mundial está en manos de un 20 por ciento de la población


Por Frei Betto

Las políticas capitalistas desarrolladas en las últimas décadas han dejado un panorama desolador en lo que se refiere a la distribución de la riqueza en el mundo.
Según Naciones Unidas, un 20 por ciento de la población mundial, el equivalente a 1.320 millones de personas, concentra en sus manos el 82 por ciento de la riqueza en el mundo. Mientras, los más pobres, unos mil millones de personas, sobreviven con apenas el 1,4 por ciento de la riqueza mundial.
Los economistas neoliberales toman el PIB (Producto Interior Bruto) como indicador de la riqueza de una economía. Bajo su lógica, cuanto mayor sea el PIB, mayor es el crecimiento de un país.
Pero un país crece cuando su economía total se engrosa con más cifras. Lo que no significa que cumplió su cometido, o sea que imprimió más calidad de vida y de felicidad a su población. El crecimiento tiene que ver con la producción agropecuaria, industrial y la expansión de la red de servicios. Desarrollo implica escolaridad, salud, saneamiento, vivienda, cultura y preservación del medio ambiente.
Alegrarnos por el crecimiento del PIB no significa que el país vaya en la dirección correcta. Vea por ejemplo la China, cuyo PIB es el que más crece en el mundo. Ni por eso nos causa envidia la calidad de vida de su población. Si el despalamiento de la Amazonía —pelada ahora en un 17 por ciento de su área total— aumenta, más se introducirán allí el agronegocio y rebaños inmensos, lo que haría crecer el PIB, así como reducir el equilibrio ambiental y nuestra calidad de vida.
El problema número uno del mundo no es económico, es ético. Perdimos la visión del bien común, de pueblo, de nación, de civilización. El capitalismo nos ha infundido la noción perversa de que la acumulación de riqueza es un derecho y que el consumo de lo superfluo es una necesidad.
Compare estos datos: según la ONU, para facilitar la educación básica a todos los niños del mundo sería preciso invertir, hoy, 6.000 millones de dólares. Y solo en los EEUU gastan cada año en cosméticos 8.000 millones.
El agua y el alcantarillado básico de toda la población mundial quedarían garantizados con una inversión de 9.000 millones de dólares. El consumo de helados por año en Europa representa el desembolso de 11.000 millones de dólares.
Habría salud elemental y buena nutrición de los niños de los países en desarrollo si se invirtieran 13.000 millones de dólares. Pero en EEUU y Europa se gastan cada año en alimentos para perros y gatos 17.000 millones; 50.000 millones en tabaco en Europa; 105.000 millones en bebidas alcohólicas en Europa; 400.000 millones en estupefacientes en todo el mundo; y más de un millón de millones en armas y equipamientos bélicos en el mundo.
El mundo y la crisis que le afecta sí tienen solución. Siempre que los países fueran gobernados por políticos centrados en otros paradigmas que huyan del casino global de la acumulación privada y de la incontenible espiral del lucro. Paradigmas altruistas, centrados en la distribución de la riqueza, en la preservación ambiental y en el compartimiento de los bienes de la Tierra y de los frutos del trabajo humano.
Ponga mucha atención a los candidatos que este año merecerán su voto para alcaldes y concejales. Investigue su pasado para saber con quién se va a comprometer de hecho.
Ah, ¿que a usted no le gusta la política? No sea ingenuo: quien se aparta de la política será gobernado por aquellos a quienes sí les gusta. Precisamente lo que los políticos corruptos desean es que la omisión de usted asegure la perpetuación de ellos en el poder.
Fuente: http://matrizur.org/index.php?option=com_content&view=article&id=23356:el-82-por-ciento-de-la-riqueza-mundial-esta-en-manos-de-un-20-por-ciento-de-la-poblacion&catid=57:economia-politica-alternativ
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miércoles, 6 de febrero de 2013

Carta de un emprendedor indignado


Escribo esta carta con el objetivo de explicar como “ayuda” el partido popular a los emprendedores y de paso recordar por qué no es el partido de los trabajadores.

Soy eso que ahora llaman “emprendedor”. Término que se usa porque tiene una connotación de esfuerzo, de dinamismo, de valentía, y porque el término empresario se ha ganado, a pulso, todo lo que tiene de negativo socialmente, y no porque el empresario sea prescindible en la vida económica de una sociedad. Pero como soy autónomo, lo dejaremos en trabajador por cuenta propia ya que aporto capital y trabajo a la vez.
Una vez hechas las presentaciones les pongo en situación. Comencé mi andadura en 2011, concretamente en diciembre, de forma algo apresurada, y con sus errores de novato, pero obligado por las circunstancias y por la incertidumbre en las ayudas al inicio de actividad de los trabajadores por cuenta propia de la Junta de Castilla y León para 2012. Esta ayuda que solicité en 2011constaba de 6000 euros para una inversión inicial superior a 4.000 euros. Pues bien,  finalmente esta ayuda se me ha denegado “por falta de crédito en la dotación presupuestaria”.

Se deniegan las subvenciones
Entiendo que nadie en su sano juicio comience una empresa supeditando su actividad a una subvención, pero en estos tiempos donde el acceso al crédito es prohibitivo y que  la financiación es una de las principales preocupaciones de las PYMES,( un ejemplo de encuesta sobre sus preocupaciones 
aquí), es una forma de poder sobrevivir a medio plazo como empresa y trabajador, así como aumentar la competitividad vía nuevas inversiones. Pero no es por el hecho en sí, aislado de no recibir la subvención, si no la desfachatez de gobiernos que a base de mentiras consiguen el acceso al poder, y lo discutible de los datos por la que se deniega. Y ahora paso a analizar esos datos.

Si bien, no discuto que será cierto que se ha agotado la dotación presupuestaria (
dotada en 1M de €), es cierto también el marcado carácter cortoplacista de las medidas “contra la crisis” y la falta de razones económicas para no ampliar la dotación, como si se ha hecho otros años. Esta queja  es más bien una exigencia de coherencia de nuestros gobiernos  con sus promesas. Quiero que conste que soy consciente de que es el gobierno de la Junta de CyL, pero también es del PP, además parte de su  presupuesto autonómico son transferencias de la administración Central, Y el gobierno de Rajoy, como todos los gobiernos centrales, es determinante en imponer condiciones de financiación a las autonomías.  Y digo esto porque, a la vista de las cifras, esa subvención es inversión en personas, en la economía real y además puede suponer incluso un ahorro, así como una medida eficaz a medio plazo para luchar contra el principal problema de este país, el paro.
¿Por qué puede suponer un ahorro?
Como se puede ver en la resolución, el objetivo es “promover el inicio de actividad de las personas desempleadas”. Pues bien, solo consiguiendo este objetivo, supondría un ahorro en prestaciones por desempleo o la ayuda de 400 euros. Pero hay más:
La condición para recibir la subvención es permanecer constituido durante, al menos, 3 años. Esto supone además del ahorro en prestaciones, un ingreso por parte de la administración en seguros sociales de la siguiente cuantía:
Tirando a la baja, suponiendo un caso similar al mío, autónomo menor de 30 años, con una bonificación del 30% durante 2,5 años y la base de cotización más baja, la contribución a las arcas de la Seguridad Social durante estos tres años sería de: 6870€ (30 meses x 178 € + 6 meses x 255€).
Además, la otra exigencia es haber realizado una inversión inicial superior a 4.000€ (IVA EXCLUÍDO). En mi caso la inversión inicial fue de 6.000€, y teniendo en cuenta que estoy sujeto al régimen de recargo de equivalencia (que veremos más adelante), y por tanto que pago todo el IVA y no me lo puedo deducir, he pagado de IVA en esta inversión inicial: 6.000 *18% IVA = 1080€, de los cuales una parte importante se transfiere a los gobiernos autonómicos.
Siguiendo con los impuestos indirectos por inversiones, si se hubiese concedido la subvención, de los 6.000€, entre 2.000 y 3.000€ se hubiesen destinado a inversión (destinando el resto a reservas para posibles contingencias y compra de Stock), con lo cual, el IVA pagado por la inversión sería de: 2.500€ x 18% = 450€.
Sin contar el ahorro en prestaciones por desempleo, ni otros gastos en los que se asume el iva o impuestos especiales, como los desplazamientos o los envíos la suma es sencilla: 6870+1080+450 = 8400€.
Se da por supuesto que en esta cifra no se contemplan posibles beneficios, por los cuales habría que pagar un 20% y que aumentarían en mayor o menor medida la cantidad dependiendo de la prosperidad del negocio.
Cuando la caída de los ingresos es la principal causa del déficit en una crisis como esta, es un error garrafal cortar las subvenciones con la excusa del ahorro o la austeridad si a medio plazo van a ser rentables y van a luchar contra el desempleo, y con mucha más razón cuando se ha mentido y prometido una ayuda a los emprendedores que, como seguiremos viendo, no solo no se produce, si no que se toman medidas muy dañinas para la supervivencia de estas empresas.
La injusta subida del iva
En el mismo partido en el que se hacía campaña de REBELIÓN contra la subida del IVA y que ahora gobierna, Montoro habla del fraude del IVA como competencia desleal de los defraudadores para con las empresas honradas que sí pagan sus impuestos, sin embargo, nos perjudica normativamente a una determinada forma jurídica frente a los demás: la del autónomo sujeto a recargo de equivalencia.
Y por supuesto, el perjuicio y la penalización van dirigidos a los honrados frente a los defraudadores. Montoro justifica la subida porque hay mucha gente que no paga el IVA y claro, por eso a los que lo pagamos nos toca una subidita… y lo dice con una sonrisa en su boca.
Pero es que además, como decía anteriormente, esta subida es mucho mayor para los autónomos sujetos a Recargo de equivalencia. Bajo este régimen se excluye a los “beneficiados” de realizar declaraciones trimestrales de IVA pero a cambio, por las mercaderías que se compra-venden como actividad de la empresa se pagaban 4 puntos más de IVA. Es decir: hasta ahora yo compro una canasta por 1000 euros + (18%+4%) de iva = 1220€ y la vendo al precio que tenga fijado, por ejemplo: 1500€ + 18% de IVA = 1770€.
El problema está cuando los márgenes son absolutamente reducidos y en las inversiones en maquinaria y equipamientos, donde el IVA  que se paga es el normal y no se puede deducir por ningún lado. En definitiva, lo absorbe la propia empresa.
Este problema es, si cabe, mucho más sangrante con la subida del IVA, ya que se obliga a pagar el 21% + 5,2%. Es decir ¡SUBE EL TIPO DEL RECARGO DE EQUIVALENCIA de 4 puntos a 5,2! ¿por qué? Este régimen solo lo soporta el autónomo comerciante, y el gobierno está subiendo este tipo para que por los productos que se vayan a vender paguemos el 26,2%!!! (21+5,2). Mientras que una empresa por sus economías de escala y su tamaño puede comprar y negociar precios a la baja, el gobierno grava a las pequeñas empresas con 5,2 puntos más en el precio de esas mercaderías a las pequeñas empresas. ¿Qué razón económica hay para esto? ¿Qué clase de apoyo es este al emprendedor? Ni siquiera la subida es proporcional a los 3 puntos de subida del IVA.
No solo hay que competir en el mercado, si no que hay que hacerlo sin financiación y con un gravamen en el precio respecto al resto de empresas. INDIGNANTE. El Gobierno favorece en sus medidas a la gran empresa frente a la PYME que decía defender.

Otras medidas que dañan la demanda interna, vital para las PYMES
Como reconoce el propio Montoro, el 80% del empleo lo crean las PYMES (y añade que la salida de la crisis pasa de la mano de los emprendedores, y no, no creo que tratase de ser sarcástico). Sin embargo, todas las medidas que se han tomado van en la línea contraria a éstos. Tanto las que afectan directamente, como hemos visto con la falta de ley de emprendedores, denegación de las subvenciones de autoempleo o la subida salvaje del IVA, como las que lo hacen indirectamente con una contracción de la demanda por falta de renta para poder consumir:
-      -El gobierno se quejó de la nefasta bajada del 5% del sueldo a los funcionarios (con razón), y ahora toma como medida quitar una de las pagas extraordinarias (que es una bajada superior al 5%) a todos los funcionarios.
-         -También reduce la prestación de desempleo.
-         -Endurece el acceso a la paga de 400€ de subsistencia para parados sin prestación.
-         -Sube el IVA de cierto material escolar al 21% como los cuadernos y otros materiales
-       -Y para colmo todo esto sirve para agudizar la recesión, desmontar el Estado del Bienestar y seguir con la dinámica perjudicial de recortes en el futuro, con Grecia y Portugal como espejo.

_   Firmado: Un emprendedor de Castilla y León.
FFuente: http://dalelavueltacyl.blogspot.com.es/2012/10/carta-de-un-emprendedor-indignado.html

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martes, 5 de febrero de 2013

La creación de dinero no tiene por qué provocar inflación


Por Eduardo Garzón Espinosa
La mayoría de las personas interesadas en economía comparten una creencia muy extendida: “el aumento de la oferta monetaria provoca inflación” (es decir, que crear dinero aumenta el nivel de precios). Es por esto que normalmente se rechaza que los bancos centrales (como el Banco Central Europeo, responsable de la creación de dinero oficial) cree dinero a través de cualquier tipo de mecanismo (como la compra de deuda pública, que reduciría notablemente el coste de la misma), alegando que ello provocaría un aumento de los precios que resultaría muy perjudicial para la economía. Pues bien, en este post se ofrece una explicación sencilla de por qué esa afirmación es radicalmente falsa. En realidad, y como se comprobará, un aumento de la oferta monetaria no tiene por qué provocar inflación. Que lo haga depende de determinados factores que hoy por hoy no se dan en las economías occidentales, por lo que se podrían crear elevadas cantidades de dinero sin que los precios aumentasen (1).
La afirmación de que “crear dinero provoca inflación” proviene del enfoque monetarista propio de la teoría neoclásica, y se basa en una interpretación sesgada de la famosa teoría cuantitativa del dinero. En este post se critica esa interpretación recurriendo a los planteamientos de los economistas adscritos a la teoría monetaria moderna, y en particular, de autores como John T. Harvey, Eric Tymoigne o Michael Hudson.
La formulación básica de la teoría cuantitativa del dinero es la siguiente: M x V = P x Y, donde “M” es la cantidad de dinero en circulación, “V” es la velocidad de circulación del dinero (la frecuencia con la que el dinero cambia de mano en mano), “P” es el nivel promedio de precios, y “Y” es la producción real (la cantidad de bienes y servicios vendidos). Con un ejemplo (2) se entenderá mejor la identidad matemática: si se venden 10 productos por 1 euro cada uno, eso quiere decir que los compradores se tuvieron que gastar 10 euros en total. Pero si en la economía sólo hubiese 5 monedas de un euro, eso quiere decir que cada moneda se tuvo que usar 2 veces. Llevando estos números del ejemplo a la identidad matemática tenemos:
M x V = P x Y
5 x 2 = 1 x 10
(5 por las cinco monedas de un euro, 2 por el número de veces usado cada moneda, 1 por el precio medio de los productos, y 10 el número de productos vendidos. Como se puede comprobar, la ecuación se cumple porque la parte situada a la izquierda del signo “=” coincide en su valor con la parte situada a la derecha).
Ahora veamos qué ocurre con esta ecuación si se creara dinero oficial (“M”), imaginando que se crean 5 monedas nuevas. Ahora “M” pasaría a ser 10, porque hay 10 monedas de un euro en nuestra economía (el cambio se refleja en letra negrita).
M x V = P x Y
10 x 2 > 1 x 10
Ahora la parte de la izquierda de la ecuación es mayor que la parte de la derecha. Puesto que hablamos de una identidad matemática, la parte de la izquierda debe ser necesariamente igual a la de la derecha, por lo que algún elemento de nuestra ecuación debe cambiar. ¿Pero cuál? Hay tres posibilidades.
A)     Que “V” se reduzca, pasando de 2 a 1. En ese caso se cumpliría la igualdad (10 x 1 = 1 x 10). Esto significa que cada moneda se usaría una vez, y no dos veces como antes.
B)      Que “P” aumente, pasando de 1 a 2. En ese caso se cumpliría la igualdad (10 x 2 = 2 x 10). Esto significa que el precio de cada producto aumentaría a 2 euros cada uno, en vez de a 1 euro como antes.
C)      Que “Y” aumente, pasando de 10 a 20. En ese caso se cumpliría la igualdad (10 x 2= 1 x 20). Esto significaría que en vez de venderse 10 productos como antes, se venderían 20.
Por supuesto, también puede ocurrir que se dé una combinación de las tres posibilidades, o de dos de ellas. Lo importante es que la igualdad se cumpla.
El enfoque monetarista -responsable de la visión mayoritaria en la actualidad- nos dice que inevitablemente se produce la opción B (aumento de los precios), porque la opción A y la C es imposible que tengan lugar. Según este enfoque, la opción A (que se reduzca la velocidad del dinero) no puede ocurrir porque la velocidad es constante ya que la gente tiene sus hábitos de compra y no los modifica, por lo que gastan su dinero siempre con la misma frecuencia. Y la opción C (que se vendan más productos) no puede tener lugar porque según este enfoque las empresas producen siempre todo lo que pueden y venden siempre toda la cantidad que producen, por lo que no tienen en almacén más productos para vender ni pueden producir más unidades.
Trasladando todo esto a una explicación a nivel micro: según los monetaristas, si se creara dinero nuevo y se repartiese entre la gente (3), estas personas se gastarían ese dinero comprando productos, y puesto que las tiendas se verían desbordadas por tanta demanda, los vendedores pasarían a aumentar los precios de sus productos para aprovecharse de la situación. Esto extendido a toda la economía tendría como resultado un aumento de la inflación (un aumento generalizado del nivel de precios).
Este planteamiento fue exitosamente difundido y es el responsable de que hoy día la gente crea que un aumento de la oferta monetaria provoca irremediablemente inflación (que la creación de dinero aumenta irremediablemente el nivel de precios). De hecho, es lo que se enseña en las facultades de economía a los estudiantes.
Pero seguro que llegados a este punto a algún lector le han asaltado algunas dudas, y seguro que tienen que ver con las siguientes consideraciones.
En primer lugar, ¿es cierto que la velocidad del dinero es constante, aunque sea a corto plazo? La evidencia empírica nos dice que no lo es. Todo el mundo sabe que en época de recesión, como la actual, la gente consume mucho menos. Algunos porque no pueden consumir más, y otros porque prefieren ahorrar dinero en un período de malas expectativas económicas. En nuestro país, por ejemplo, la velocidad del dinero se ha visto rápidamente reducida en cuestión de meses (el consumo ha caído a niveles muy reducidos), debido precisamente a la mala coyuntura económica. Por lo tanto, la evidencia empírica nos demuestra que la opción A sí sería posible. Es decir, si se creara dinero nuevo no tendrían por qué aumentar los precios porque la ecuación podría quedar igualada a través del descenso de la velocidad del dinero (en nuestro ejemplo 10 x 1 = 1 x 10; el precio quedaría intacto a pesar del aumento de la masa monetaria).
En segundo lugar, ¿las empresas producen todo lo que pueden y venden todo lo que han producido? Este supuesto es todavía más absurdo que el anterior. Basta echar un vistazo a cualquier economía para descubrir que no es así. La inmensa mayoría de empresas nunca producen todo lo que le permiten sus instalaciones, ni venden todo lo que han producido. Las economías capitalistas suelen tener un índice de utilización de su capacidad instalada situado entre el 60% y 90%. Esto quiere decir que las empresas podrían producir 100 pero lo hacen como mucho a 90 (la explicación se encuentra en que no tienen tantos clientes como para poner a pleno rendimiento todas sus máquinas y recursos, como queda reflejado en elinforme del BCE sobre las pequeñas y medianas empresas, donde se constata que el mayor problema de las empresas es la falta de clientes). Solamente en épocas de guerra, cuando las economías estuvieron prácticamente dirigidas por el Estado, este índice estuvo cercano a 100%. De hecho, en la actualidad este índice referido a la industria en la economía española ronda un reducido 67%. Esto quiere decir que si a las empresas españolas llegaran más clientes no subirían los precios sino que producirían más productos para vender más y obtener más beneficios. Pudiendo hacer eso no tendría sentido que aumentaran el precio de sus productos porque podrían de esta forma empujar a sus clientes potenciales a comprar en alguna empresa competidora que tuviese los precios más bajos. Además, no poner en funcionamiento sus máquinas y recursos tiene un alto coste, por lo que sería más rentable ponerlos a producir. Es decir, que la opción C es perfectamente factible y de hecho es la más probable que se diese en el caso de un aumento de la masa monetaria. En otras palabras, si se creara dinero nuevo no tendrían por qué aumentar los precios porque la ecuación podría quedar igualada a través del aumento de la producción (en nuestro ejemplo 10 x 2 = 1 x 20; el precio quedaría intacto a pesar del aumento de la masa monetaria).
Por todo ello, la explicación que resulta más realista es la siguiente: si se creara dinero nuevo y se repartiera entre la gente, muchas de estas personas guardarían ese dinero y no lo gastarían para cubrirse en el futuro de cualquier imprevisto (rebaja del sueldo, pérdida del empleo, subida del IVA, subida de la luz, etc). Otras muchas personas sí se gastarían el dinero comprando productos: irían a las tiendas y comprarían lo que quisiesen pero por el mismo precio al que estaban los productos antes de que se hubiese creado el dinero, porque los vendedores en vez de subir el precio lo que harían sería vender los productos del almacén y producir más para satisfacer la nueva demanda. No aumentarían precios porque ello les resultaría perjudicial ya que los clientes podrían irse a comprar esos productos a otras tiendas más baratas. Esto extendido a toda la economía tendría como resultado un aumento de la producción real del país (“Y”), es decir, el PIB de la economía. Y sin que el nivel de precios se viese afectado.
Concluyendo. En la actual situación de recesión en la que se encuentra la economía española y en general las economías europeas, un aumento de la oferta monetaria no sólo no provocaría inflación sino que además estimularía la demanda y con ello el PIB. Es por esto que, por ejemplo, resulta un error garrafal negarse a que el BCE aumente la masa monetaria argumentando que esa acción causaría inflación, porque acabamos de ver que eso no sería lo que ocurriría. Si el BCE permitiera aumentar la cantidad de dinero para, por ejemplo, estimular programas de gasto público que se tradujesen en un incremento de la demanda agregada, aumentaría la producción de la economía (el PIB) y sin que se elevara la inflación.

Notas:
(1)    De hecho, esto es lo que ha ocurrido durante estos años con la creación de dinero por parte de los bancos privados y no de los bancos centrales.
(2)    Con este ejemplo y a partir de él, se obvia la producción de servicios para simplificar la exposición, por lo que se empleará únicamente el término “productos” como producción real.
(3)    Algo que, como trataré de argumentar en el próximo artículo, no tiene sentido que ocurra en la realidad porque la creación del dinero oficial no funciona así.
Fuente: http://eduardogarzon.net/la-creacion-de-dinero-no-tiene-por-que-provocar-inflacion-2/
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viernes, 1 de febrero de 2013

El dinero como patria


Josep Ramoneda 24 dic 12
El presidente Hollande anuncia una subida de impuestos a las rentas más altas, es decir, a los más ricos. Y algunos distinguidos franceses hacen saber que se van con sus dineros a otra parte. Entre ellos, Gerard Depardieu, uno de los más populares actores franceses. No es nada nuevo: la lista de artistas y deportistas con domicilio en paraísos fiscales es inacabable. Estrellas del deporte, con domicilio en Montecarlo o en Ginebra, por ejemplo, corren a adornarse con la bandera cuando consiguen un triunfo y juran por la patria con el orgullo pastoso propio de todo nacionalista. La gente aplaude: poco importa que hayan negado, al país que tanto quieren, la parte de sus dineros que la redistribución fiscal exige. Movimientos de dinero, como los que ahora se vislumbran —y se magnifican— en Francia, los hubo también en los años 80, cuando François Mitterrand llegó a la presidencia de la República. Con una diferencia sensible: los que ahora cambian de país porque su única patria es el dinero, alardean de ello. Los que lo hicieron entonces fueron más discretos. En aquellos tiempos, este tipo de conductas eran objeto de reproche social y moral, después vinieron los años de la apoteosis del dinero y la riqueza y, como escribe el economista Daniel Cohen, “el hombre moral abandona la sala, cuando elhomo economicusentra”. Pero ya entonces, ganó el dinero: Mitterrand cambió de política.
En su acelerado viaje del PP a Esquerra, CiU se ha visto obligada a aceptar una serie de subidas de impuestos para la aprobación del presupuesto de 2013. Depardieu se ha incorporado al debate político y social catalán. Desde las organizaciones empresariales, su nombre ha sonado como advertencia: si sube la presión fiscal tendremos el efecto Depardieu. Lo hacen con toda impunidad. Sabedoras probablemente de la confusión que hay en esta materia en una opinión pública que se mueve entre dos sentimientos: la injusticia de que todo el peso de la crisis caiga sobre las clases medias y los asalariados, y la presunción íntima de que si tuvieran dinero quizás ellos también se irían a otra parte. Son muchos años de oír machaconamente que el dinero es lo único que importa. Es la tiranía neoliberal, como la llama Tzvetan Todorov, que “se caracteriza por una concepción de la economía como actividad completamente separada de la vida social, que debe escapar al control político”. El chantaje ha sido pronunciado: si suben los impuestos nos vamos a otra parte. En la medida en que la sociedad no reacciona, en que impera la comprensión y la resignación, el poder empresarial no se siente intimidado y utiliza la circunstancia para dar naturalidad al efecto Depardieu. Se trata de normalizar que los que tienen más paguen menos y que los asalariados carguen con el peso de la crisis. La vida colectiva reducida a la relación de fuerzas económica: la patria es el dinero. Cuando el gobierno del PP —un gobierno que está estrangulando económicamente la investigación en España— se vanagloria de que el país está ganando competitividad, simplemente nos está diciendo que la gente acepta trabajos por mucho menos dinero y en muy peores condiciones. Esta es la idea del éxito propia de los tiempos que corren.

Siendo grave la impunidad con que se consagra como modelo de virtud el caso Depardieu, me parece tanto o más preocupante el discurso académico que justifica el chantaje fiscal por la realidad del mundo globalizado. El mundo del siglo XXI es así, dicen. El dinero se mueve y el que no le da facilidades lo pierde. No se pueden subir determinados impuestos porque provocan efectos desbandada. Es la consagración pseudocientífica del patriotismo del dinero. No hay nada hacer. La realidad es la que es. Sólo que, por ejemplo, si Europa que, tanto habla de unión fiscal, tuviera como una prioridad la homogeneización de las políticas impositivas, por lo menos en el ámbito europeo, sería imposible la competencia fiscal entre estados, y a Depardieu no le bastaría con irse a un kilómetro de Francia. Pero algo tan elemental no está en el orden del día, como tampoco lo está una política conjunta contra el fraude.
Como escribe Quim Brugué en És la política, idiotes!, el dominio intelectual de las escuelas de la elección racional ha instalado la creencia de “la superioridad del mercado sobre el Estado, (…) de la economía sobre la política”. Y ante ella todo es posible. Incluso que los patriotas del dinero pasen como héroes nacionales. Todo por la ganancia. Sálvese quien pueda, la sociedad y el bien común no existen.
Fuente: http://attac-catalunya.cat/index.php/justicia-fiscal/80-el-dinero-como-patria
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¿Para qué sirven las privatizaciones?


Publicado en Sistema Digital el 31 de enero de 2013
Juan Torres López
Las políticas neoliberales se presentan casi siempre revestidas de argumentaciones sofisticadas y bien difundidas gracias a la generosa financiación de los grandes grupos financieros y empresariales a grupos mediáticos y de investigación, a académicos, economistas y periodistas que se encargan de crear opinión favorable a las medidas que toman los gobiernos. Sin embargo, las evidencias empíricas que pudieran demostrar la veracidad de esos argumentos con prácticamente nulas en casi todos los casos. En estos momentos estamos sufriendo una nueva amenaza al bienestar social y a la eficiencia económica que igualmente se trata de justificar como imprescindible y positiva con argumentos que una vez más carecen de fundamento y realismo.
Me refiero a la nueva fase del proceso privatizador que en España comenzó a mediados de los años ochenta del pasado siglo, que ha ido dejando unas secuelas lamentables en nuestra economía y que ahora se dirige hacia servicios públicos esenciales en el sector sanitario y educativo.
De 1984 a 1996 se llevaron a cabo unas 70 operaciones de privatización de empresas públicas mediante distintos tipos de procedimientos, generalmente orientadas a abrir su capital a los intereses privados y casi siempre justificadas por la necesidad de ajustarse a lo establecido en las normas y directivas de la Unión Europea, a la que nos incorporábamos en esos años.
Más tarde, y hasta el final de la primera legislatura de José Luis Rodríguez Zapatero, se entró en una segunda fase, muy distinta, más radical y orientada a desmantelar la práctica totalidad del sector público empresarial español para ponerlo en manos del capital privado. Y ahora, como he dicho, se trata de hacer lo mismo con la sanidad y la educación públicas.
Esto último era algo difícil de justificar en años anteriores, dado el alto aprecio que la población tiene por esos servicios, pero ahora se puede utilizar la crisis y los problemas de la deuda pública para argumentar que es algo imprescindible para resolverlos.
Este argumento se une a los que siempre se han dado para llevar a cabo las privatizaciones: que hay que acatar las normas europeas, que es imprescindible vender para proporcionar recursos al Estado y que, además, al hacerlo se dispondría de los mismos bienes o servicios a menor precio y con mayor calidad y eficacia.
Los medios de comunicación e incluso muchas revistas académicas están llenas de textos dirigidos a justificar y desarrollar estas tres ideas pero, como señalé al principio, la evidencia empírica muestra claramente que no tienen mucho fundamento y que no reflejan la realidad de lo que sucede cuando se privatizan empresas o servicios públicos.
Es verdad que la Unión Europea ha impuesto un adelgazamiento del sector público (con el mismo objetivo que en España) pero no lo es menos que aquí se ha llegado más lejos innecesariamente, con el único propósito de satisfacer en mayor medida a los grupos privados interesados en quedarse con la antigua propiedad pública. Buena prueba de ello es que en otros países aún perviven empresas públicas en sectores estratégicos que en España han sido desmantelados.
Tampoco es verdad que las privatizaciones sean una fuente de ingresos netos para los Estados. Son, por el contrario, un negocio ruinoso. Las que se llevaron a cabo de 1984 a 1996 reportaron un total aproximado de 13.200 millones de euros, y las que se realizaron de este último año a 2007, unos 30.000 millones. La prueba de que fueron operaciones nefastas para los intereses del conjunto de la sociedad española es que solo cuatro empresas en su día privatizadas (Telefónica, Gas Natural, Endesa y Repsol) obtuvieron en un solo año, 2011, unos beneficios superiores a los 10.000 millones de euros, y todas las de energía y telecomunicación más de 12.000. Si a ello se le suman los que hubieran proporcionado los antiguos bancos públicos y las demás empresas privatizadas, es fácil deducir que lo que ha producido su traspaso a manos privadas es una extraordinaria merma en los ingresos del Estado.
Finalmente, tampoco es cierto que la privatización haya generado más competencia. En realidad, se ha reproducido el mismo mercado de carácter oligopolista, ineficiente y caldo de cultivo de grandes acuerdos para imponer precios a los consumidores. La prueba la tienen mes a mes todos los españoles cuando pagan las tarifas que suelen estar entre las más elevadas de toda Europa.
Y tampoco es cierto que la privatización vaya acompañada de mejor calidad en el servicio. Por el contrario, diversos estudios han demostrado que las política de privatizaciones están asociadas al aumento de la mortalidad por abuso de alcohol, enfermedades cardiovasculares, suicidios y homicidios, especialmente entre hombres. Y está bien demostrado que llevan consigo la disminución del número de médicos, dentistas y de camas cuando se llevan a cabo en el sector hospitalario.
Los estudios empíricos que se han llevado a cabo en España, como el de las profesoras Laura Cabeza y Silvia Gómez Ansón, demuestran que las antiguas empresas públicas no han registrado “mejora significativa en la rentabilidad, en la eficiencia, en el volumen de ventas y de inversión, ni cambios significativos en el nivel de endeudamiento o en el empleo” después de haber sido privatizadas (“Los procesos de privatización en España: determinantes e implicaciones de la eficiencia empresarial”, ‘Estudios de economía aplicada’, vol. 27-2, 2009, p. 20).
Los resultados de las privatizaciones han sido simplemente el beneficio de los grupos privados que adquirieron la propiedad pública a bajo precio. No hay rentabilidad social en ellas y en realidad constituyen un vergonzoso expolio al conjunto de la sociedad. Por eso urge que en España se lleve a cabo una investigación profunda de las privatizaciones realizadas, de las condiciones en que se efectuaron, de sus beneficiarios y de lo que éstos dieron a cambio a quienes las aprobaron y ejecutaron, que no ha sido poco, como puede comprobarse casi a diario cuando se tienen noticias de la corrupción tan generalizada en los partidos que las impulsaron. Ningún robo debe quedar impune y es un elemental deber de ejercicio democrático que la ciudadanía conozca lo que se ha hecho con su patrimonio, así como castigar a los culpables de su dilapidación en manos de grupos privados amigos.
Fuente: http://juantorreslopez.com/impertinencias/para-que-sirven-las-privatizaciones/
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Como la crisis del 29, o más... Un nuevo contexto mundial

Por François Chesnais
Publicado en la revista Laberinto número 29/1er cuatrimestre de 2009


 I. Introducción
La tesis que voy a presentar sostiene que el año pasado se produjo una verdadera ruptura que deja atrás una larga fase de expansión de la economía capitalista mundial; y que esa ruptura marcó el inició de un proceso de crisis con ca­racterísticas que son comparables con la crisis de 1929, aunque se desarrollará en un contexto muy distinto.
Lo primero que hay que recordar es que la crisis de 1929 se desarrolló como un proceso: un proceso que tuvo comienzo en 1929, pero cuyo punto culminante se dio bastante después, en 1933, y que luego abrió paso a una larga fase de recesión. Digo esto para subrayar que, en mi opinión, estamos viviendo las primeras etapas, pero realmente las primeras, primerísi­mas etapas, de un proceso de esa amplitud y esa temporalidad. Y que lo que por estos días está ocurriendo y tiene como escenario los mercados financieros de Nueva York, de Londres y de otros grandes centros bursátiles, es solamente un aspecto -y tal vez no sea el aspecto mas im­portante- de un proceso que se debe interpretar como un proceso histórico.
Estamos frente a uno de esos momentos en los que la crisis viene a expresar los límites his­tóricos del sistema capitalista. No se trata de alguna versión de la teoría de «la crisis final» del capitalismo o algo por el estilo. De lo que sí se trata, en mi opinión, es de entender que estamos enfrentados a una situación en la que se expresan estos límites históricos de la produc­ción capitalista. Y aunque no quisiera aparecer como un Pastor con su Biblia marxista, quiero leerles un pasaje de El capital:
El verdadero límite de la producción capitalista es el mismo capital; es el hecho de que, en ella, son el capital y su propia valorización lo que constituye el punto de partida y la meta, el motivo y el fin de la producción; el hecho de que aquí la producción sólo es producción para el capital y no, a la inversa, los medios de producción simples medios para ampliar cada vez más la estructura del proceso de vida de la sociedad de los productores. De aquí que los límites dentro de los cuales tiene que moverse la conserva­ción y valorización del valor-capital, la cual descansa en la expropiación y depauperación de las grandes masas de los productores, choquen constantemen­te con los métodos de producción que el capital se ve obligado a emplear para conseguir sus fines y que tienden al aumento ilimitado de la producción, a la producción por la producción misma, al desarrollo incondicional de las fuerzas sociales productivas del trabajo. El medio empleado -desarrollo incondicional de las fuerzas sociales productivas- choca constante­mente con el fin perseguido, que es un fin limitado: la valorización del capital existente. Por consiguien­te, si el régimen capitalista de producción constitu­ye un medio histórico para desarrollar la capacidad productiva material y crear el mercado mundial co­rrespondiente, envuelve al propio tiempo una con­tradicción constante entre esta misión histórica y las condiciones sociales de producción propias de este régimen1.

Bueno, seguramente hay algunas palabras que hoy ya no utilizaríamos, como esas de «misión histórica»... Pero creo que lo que iremos viendo en los años que vendrán, se dará precisa­mente sobre la base de que ya se ha creado en toda su plenitud ese mercado mundial intuido por Marx. Es decir, tenemos un mercado y una situación mundial diferentes a las de 1929, porque en ese entonces países como China y como India eran todavía semicoloniales, en tanto que ahora ya no tienen ese carácter; son grandes países que, más allá de que tengan un carácter combinado que requiere un cuidadoso análisis, son ahora partícipes de pleno derecho dentro de una economía mundial única, una economía mundial unificada en un grado des­conocido hasta esta etapa de la historia. La cita puede ayudarnos a entender el momento actual y la crisis que se ha iniciado precisamente en este marco de un sólo mundo.
II. Un nuevo tipo de crisis

En mi opinión, en esta nueva etapa, la crisis va a desenvolverse de tal modo que las primeras y realmente brutales manifestaciones de la crisis climática mundial que hemos visto van a com­binarse con la crisis del capital en cuanto tal. Entramos en una fase que plantea realmente una crisis de la humanidad, dentro de complejas relaciones en las que están también los aconteci­mientos bélicos, pero lo más importantes es que, incluso excluyendo el estallido de una guerra de gran amplitud que en el presente solo podría ser una guerra atómica, estamos enfrentados a un nuevo tipo de crisis, a una combinación de esta crisis económica que se ha iniciado con una situación en la cual la naturaleza, tratada sin la menor contemplación y golpeada por el hombre en el marco del capitalismo, reacciona ahora de forma brutal. Esto es algo casi excluido de nuestras discusiones, pero que va a imponerse como un hecho central.
Por ejemplo, muy recientemente, leyendo el trabajo de un sociólogo francés, me enteré de que los glaciares andinos de los que fluye el agua con que se abastecen La Paz y El Alto, están agotados en más de un 80% y se estima que dentro de quince años La Paz y El Alto ya no tendrán agua... y sin embargo, esto es algo que nunca se trató, nunca se discutió un hecho de tal magnitud que puede hacer que la lucha de clases en Bolivia, tal como la conocimos, se modifique sustancialmente, por ejemplo haciendo que el tan controvertido traslado de la capital a Sucre se imponga como algo «natural», porque se acabe el agua en La Paz.
Estamos entrando a un período de ese tipo y el problema es que casi no se habla de eso, mientras que en los ambientes revoluciona­rios se sigue discutiendo de cosas que en este momento resultan minucias, cuestiones com­pletamente mezquinas en comparación con los desafíos a los que estamos enfrentados.
III. Límites inmanentes del capita­lismo

Para seguir con la cuestión de los límites del capitalismo, quiero llamar la atención sobre una cita de Marx, inmediatamente anterior a la ya citada:
La producción capitalista aspira constantemente a superar estos límites inmanentes a ella, pero sólo puede superarlos recurriendo a medios que vuelven a levantar ante ella estos mismos límites todavía con mayor fuerza.2
Esta indicación nos introduce al análisis y a la discusión de los medios a los que se recurrió, durante los últimos treinta años, para superar los límites inmanentes del capital.
Esos medios han sido, en primer lugar, todo el proceso de liberalización de las finanzas, del comercio y de la inversión, todo el proceso de destrucción de las relaciones políticas surgidas a raíz de la crisis del 29 y de los años treinta, después de la Segunda Guerra Mundial y de las guerras de liberación nacional... Todas esas rela­ciones, que expresaban la dominación del capital pero representaban al mismo tiempo formas de control parcial del mismo capital, fueron destro­zadas y, por algún tiempo, al capital le pareció que con esto se superaban los límites puestos a su actuación.
La segunda forma que se eligió para superar esos límites inmanentes del capital ha sido recurrir, en una escala sin precedentes, a la creación de capital ficticio y de medios de crédito para ampliar una demanda insuficiente en el centro del sistema.
Y la tercera forma, la más importante histó­ricamente para el capital, ha sido la reincorpo­ración, en cuanto elementos plenos del sistema capitalista mundial, de la Unión Soviética y sus «satélites», y de China.
Sólo en el marco de las resultantes de estos tres procesos es posible captar la amplitud y la novedad de la crisis que se inicia.
IV. Liberalización, mercado mundial, competencia…

Comencemos por interrogarnos sobre qué ha significado la liberalización y la desregula­ción llevadas a cabo a escala mundial, con la incorporación del antiguo «campo» soviético y la incorporación y modificación de las rela­ciones de producción en China... El proceso de liberalización y desreglamentación ha significa­do el desmantelamiento de los pocos elementos regulatorios que se habían construido en el marco internacional al salir de la Segunda Guerra Mundial, para entrar en un capitalismo totalmente desreglamentado. Y no sólo desre­glamentado, sino también un capitalismo que ha creado realmente el mercado mundial en el pleno sentido del término, convirtiendo en realidad lo que era en Marx una intuición o an­ticipación. Puede ser útil precisar el concepto de mercado mundial e ir tal vez más allá de la palabra mercado. Se trata de la creación de un espacio libre de restricciones para las operacio­nes del capital, para producir y realizar plusvalía tomando este espacio como base y proceso de centralización de ganancias a escala verdade­ramente internacional. Ese espacio abierto, no homogéneo pero con una reducción drástica de todos los obstáculos a la movilidad del capital, esa posibilidad para el capital de organizar a escala universal el ciclo de valorización, está acompañada por una situación que permite poner en competencia entre sí a los trabajado­res de todos los países. Es decir, se sustenta en el hecho que el ejército industrial de reserva es realmente mundial y que es el capital como un todo el que rige los flujos de integración o de repulsión, en las formas estudiadas por Marx.

Este es entonces el marco general de un proceso de «producción para la producción» en condiciones en que la posibilidad para la humanidad y las masas del mundo de acceder a esa producción es totalmente limitada... y por lo tanto, el cierre exitoso del ciclo de valorización del capital, para el capital en su conjunto, y para cada capital en particular, se hace cada vez más difícil. Y por eso se incrementan y se hacen más determinantes en el mercado mundial «las leyes ciegas de la competencia». Los bancos centrales y los gobiernos pueden proclamar que acordarán entre sí y colaborarán para impedir la crisis, pero no creo que se pueda introducir la cooperación en el espacio mundial convertido en escenario de una tremenda competencia entre capitales. Y ahora, la competencia entre capitales va mucho más allá de las relaciones entre los capitales de las partes más antiguas y más desarrolladas del sistema mundial con los sectores menos de­sarrollados desde el punto de vista capitalista. Porque bajo formas particulares e incluso muy parasitarias, en el marco mundial se han dado procesos de centralización del capital por fuera del marco tradicional de los centros imperialis­tas: en relación con ellos, pero en condiciones que también introducen algo totalmente nuevo en el marco mundial.

Durante los últimos quince años, y en parti­cular durante la última etapa, se han desarrolla­do, en determinados puntos del sistema, grupos industriales capaces de integrarse como socios de pleno derecho en los oligopolios mundiales. Tanto en la India como en China se han con formado verdaderos y fuertes grupos económi­cos capitalistas. Y en el plano financiero, como expresión del rentismo y del parasitismo puro, los llamados Fondos Soberanos se han conver­tido en importantes puntos de centralización del capital bajo la forma dinero, que no son meros satélites de los Estados Unidos, tienen estrategias y dinámicas propias y modifican de muchas maneras las relaciones geopolíticas de los puntos clave en que la vida del capital se hace y se hará.

Por eso, otro elemento a tener en cuenta es que esta crisis tiene como otra de sus dimen­siones la de marcar el fin de la etapa en que los Estados Unidos pudieron actuar como potencia mundial sin parangón... En mi opinión, hemos salido del momento que analizara Mézáros en su libro de 2001, y los Estados Unidos serán sometidos a prueba: en un plazo temporal muy corto, todas sus relaciones mundiales se han mo­dificado y deberá, en el mejor de los casos, rene­gociar y reordenar todas sus relaciones en base al hecho de que deberán compartir el poder. Y esto, por supuesto, es algo que nunca se produjo de forma pacífica en la historia del capital... Entonces, primer elemento: uno de los métodos elegidos por el capital para superar sus límites se ha transformado en fuente de nuevas tensiones, conflictos y contradicciones, indicando que una nueva etapa histórica se abrirá paso a través de esta crisis.
Por eso, otro elemento a tener en cuenta es que esta crisis tiene como otra de sus dimen­siones la de marcar el fin de la etapa en que los Estados Unidos pudieron actuar como potencia mundial sin parangón... En mi opinión, hemos salido del momento que analizara Mézáros en su libro de 2001, y los Estados Unidos serán sometidos a prueba: en un plazo temporal muy corto, todas sus relaciones mundiales se han mo­dificado y deberá, en el mejor de los casos, rene­gociar y reordenar todas sus relaciones en base al hecho de que deberán compartir el poder. Y esto, por supuesto, es algo que nunca se produjo de forma pacífica en la historia del capital... Entonces, primer elemento: uno de los métodos elegidos por el capital para superar sus límites se ha transformado en fuente de nuevas tensiones, conflictos y contradicciones, indicando que una nueva etapa histórica se abrirá paso a través de esta crisis.

V. Creación incontrolada de capital ficticio

El segundo medio utilizado para superar los límites para el capital de las economías centrales fue que todas ellas recurrieron a la creación de formas totalmente artificiales de ampliación de la demanda efectiva, las que, sumándose a otras formas de creación de capital ficticio, generaron las condiciones para la crisis financiera que se está desarrollando hoy. En el artículo que los compañeros de Herramienta tuvieron la gentileza de traducir al castellano y publicar3 abordé con cierto detenimiento esta cuestión del capital ficticio y los nuevos procesos que se han dado dentro del proceso mismo de acumulación de capital ficticio. Para Marx, el capital ficticio es la acumulación de títulos que son «sombra de inversiones» ya hechas pero que, como títulos de bonos y de acciones aparecen con el aspecto de capital a sus poseedores. No lo son para el sistema como un todo, para el proceso de acu­mulación, pero sí lo son para sus poseedores y, en condiciones normales de cierre de los procesos de valorización del capital, rinden a sus posee­dores dividendos e intereses. Pero su carácter ficticio se revela en situaciones de crisis. Cuando sobrevienen crisis de sobreproducción, quiebra de empresas, etcétera, se advierte que ese capital no existía... por eso también puede leerse a veces en los periódicos que tal o cual cantidad de capital «desapareció» en algún sacudón bursátil: esas sumas nunca habían existido como capital propiamente dicho, a pesar de que, para los po­seedores de esas acciones, representaban títulos que daban derecho a dividendos e intereses, a percibir ganancias…

Por supuesto, uno de los grandes problemas de hoy es que en muchísimos países los sistemas de jubilación están basados en capital ficticio, con pretensiones de participación en los resulta­dos de una producción capitalista que puede des­aparecer en momentos de crisis. Toda la etapa de la liberalización y globalización financiera de los años 80 y 90 estuvo basada en acumulación de capital ficticio, sobre todo en manos de Fondos de inversión, Fondos de pensiones, Fondos fi­nancieros... Y la gran novedad desde finales o mediados de los años 90 y a todo lo largo de los años 2000 fue, en los Estados Unidos y en Gran Bretaña en particular, el empuje extraordinario que se dio a la creación de capital ficticio en la forma de crédito. De crédito a empresas, pero también y sobre todo de créditos a los hogares, créditos al consumo y más que nada créditos hi­potecarios. Y eso hizo dar un salto en la masa de capital ficticio creado, originando formas aún más agudas de vulnerabilidad y fragili­dad, incluso frente a choques menores, incluso frente a episodios absolutamente predecibles. Por ejemplo, en base a todo lo estudiado ante­riormente, se sabía que un boom inmobiliario se termina, que inexorablemente hay un momento en el que, por procesos internos muy bien es­tudiados, se acaba; y si puede ser relativamen­te comprensible que en el mercado accionario existiera la ilusión de que no había límites para la subida en el precio de las acciones, en base a toda la historia previa se sabía que eso no podía ocurrir en el sector inmobiliario: cuando se trata de edificios y casas es inevitable que llegue el momento en que el boom acaba. Pero se colocaron en tal situación de dependencia que ese acontecimiento completamente normal y previsible se transformó en una crisis tremenda. Porque a todo lo que ya dije, se añadió el hecho de que durante los dos últimos años los préstamos se hacían a hogares que no tenían la menor posi­bilidad de pagar. Y además, todo eso se combinó con las nuevas «técnicas» financieras que traté de explicar con un grado aceptable de vulgari­zación en mi artículo de Herramienta, permi­tiéndose así que los bancos vendieran bonos en condiciones tales que nadie podía saber exacta­mente qué estaba comprando… hasta el fuerte estallido de los «subprime», en 2007.

Ahora están en el proceso de desmontaje de ese proceso. Pero dentro de ese desmontaje hay procesos de concentración del capital financie­ro. Cuando el Bank of America compra Merrill Lynch, estamos ante un proceso de concentra­ción clásico. Y vemos además estos procesos de estatización de las deudas, que implican la creación inmediata de más capital ficticio. La Reserva Federal de los Estados Unidos crea más capital ficticio para mantener la ilusión de un valor del capital que está a punto de derrum­barse, con la perspectiva de tener en algún momento dado la posibilidad de aumentar fuer­temente la presión fiscal, pero en realidad no puede hacerlo porque eso significaría el conge­lamiento del mercado interno y la aceleración de la crisis en tanto crisis real. Asistimos, pues, a una fuga hacia adelante que no resuelve nada. Dentro de ese proceso existe también el avance de los Fondos Soberanos que buscan modificar la repartición intercapitalista de los flujos finan­cieros a favor de los sectores rentistas que han acumulado estos fondos. Y esto es un factor de perturbación aun mayor en el proceso.

Quiero recordar, para terminar con este punto, que ese déficit comercial de 5 puntos del PBI es lo que ha conferido a los Estados Unidos la particularidad de ese lugar clave para la con­creción del ciclo del capital en el momento de realización de la plusvalía, para el proceso capi­talista en su conjunto. Enfrentados ahora a una casi inevitable retracción económica, se plantea como el gran interrogante si, en un corto lapso, la demanda interna China podrá pasar a ser el lugar que garantice ese momento de realización de la plusvalía que se daba en los Estados Unidos. La amplitud de la intervención del Tesoro es muy fuerte y logró que la contracción de la actividad en los Estados Unidos y la caída en las impor­taciones haya sido hasta ahora muy limitada. El problema es saber cuánto tiempo se podrá tener como único método de política económica crear más y más liquidez... ¿Será posible que no haya límites a la creación de capital ficticio bajo la forma de liquidez para mantener el valor del capital ficticio ya existente? Me parece una hipótesis demasiado optimista, y entre los mismos economistas norteamericanos, muchos lo dudan. 

VI. ¿Sobreacumulación en China?

Para terminar, llegamos a la tercer manera en la cual el capital superó sus limites inma­nentes, que es en definitiva la más importante de todas y plantea los interrogantes más intere­santes. Me refiero a la extensión, en particular a China, de todo el sistema de relaciones sociales de producción del capitalismo. Algo que Marx mencionó en algún momento como una posibi­lidad, pero que sólo se hizo realidad durante los últimos años. Y se realizó en condiciones que multiplican los factores de crisis.

La acumulación del capital en China se hizo en base a procesos internos, pero también en base a algo que está perfectamente documentado, pero poco comentado: el traslado de una parte importantísima del Sector II de la economía, el sector de la producción de medios de consumo, desde los Estados Unidos hacia China. Y esto tiene mucho que ver con el grueso de los déficits norteamericanos (el déficit comercial y el fiscal), que sólo podrían revertirse por medio de una «reindustrialización» de los Estados Unidos.

Esto significa que se establecieron nuevas relaciones entre los Estados Unidos y China. No se trata ya de las relaciones de una potencia imperialista con un espacio semicolonial. Los Estados Unidos crearon relaciones de un tipo nuevo, que ahora tiene dificultades en reconocer y en asumir. En base al superávit comercial, China acumula millones y millones de dólares, que luego presta a los Estados Unidos. Una ilustración de las consecuencias que esto trae, lo tenemos con la nacionalización de esas dos entidades llamadas Fannie Mae y Freddy Mac: parece ser que la banca de China tenía el 15% de los fondos de estas entidades y le comunicó al gobierno americano que no aceptaría su desva­lorización. Son relaciones internacionales de un tipo totalmente nuevo.

Pero ¿qué ocurre en el seno mismo de China? En mi artículo en Herramienta ya citado, había una sola página sobre esto, y al final, pero de alguna manera es la cuestión más decisiva para la próxima etapa de la crisis. En China se ha dado internamente un proceso de competencia entre capitales, que se combinó con procesos de competencia entre sectores del aparato político chino, y de competencia para atraer a empresas extranjeras, todo lo cual ha resultado en un proceso de creación de inmensas capacidades de producción, además de violentar a la natu­raleza en una escala grandísima: en China se concentra una sobreacumulación de capital que en un momento dado se tornará insostenible. En Europa es evidente la tendencia a una aceleración de la destrucción de capacidades productivas y de puestos de trabajo, para trasladarse al único paraíso del mundo capitalista que hoy es China. Considero que este traslado de capitales a China ha significado una reversión de procesos anterio­res hacia un alza de la composición orgánica del capital. La acumulación es intensiva en medios de producción y es intensiva y muy dilapidadora de la otra parte del capital constante, es decir las materias primas. La masiva creación de capaci­dades de producción en el Sector I estuvo acom­pañada por todos los mecanismos y el empuje económico que caracteriza el crecimiento de China, pero el mercado final para sostener toda esa producción es el mercado mundial, y una retracción de éste pondrá en evidencia esa sobreacumulación de capital. Alguien como Aglietta, que ha estudiado específicamente esto, afirma que realmente hay sobreacumula­ción, hay un acelerado proceso de creación de capacidad productiva en China, un proceso que, en el momento en que se termine -y tiene que terminar- la realización de toda esa produc­ción va a plantear problemas. Además, China es realmente un lugar decisivo, porque incluso pequeñas variaciones en su economía determi­nan la coyuntura de otros muchos países en el mundo. Fue suficiente que la demanda china de bienes de inversión cayera un poco para que Alemania perdiera exportaciones y entrara en recesión. Las «pequeñas oscilaciones» en China tienen repercusiones fuertísimas en otros lugares, como debería ser evidente para el caso de la Argentina.
VII. Para seguir pensando y discu­tiendo

Y vuelvo a lo que decía en el comienzo. Aunque sean comparables, las fases de esta crisis van a ser distintas a las del 29, porque en aquel entonces la crisis de sobreproducción de los Estados Unidos se verificó desde los primeros momentos. Después se profundizó, pero se supo enseguida que se estaba ante una crisis de so­breproducción. Ahora, en cambio, con diversas políticas están aplazando ese momento, pero no podrán hacerlo mucho más. Simultáneamente, y como ocurriera también con la crisis de 1929 y los años 30, aunque en condiciones y bajo formas distintas, la crisis se combinará con la necesidad, para el capitalismo, de una reorga­nización total de la expresión de sus relaciones de fuerzas económicas en el marco mundial, marcando el momento en el que los Estados Unidos verán que su superioridad militar es solamente un elemento, y un elemento bastante subordinado, para renegociar sus relaciones con China y otras partes del mundo. O llegará el momento en el cual dará el salto a una aventura militar de imprevisibles consecuencias.

Por todo ello, concluyo que esto es mucho más que una crisis financiera, incluso si estamos por ahora en esa fase, incluso si el artículo publicado por Herramienta debió concentrar­se en tratar de iluminar los enredos del capital ficticio y permitir entender por qué es tan difícil el desmontaje de ese capital, pero estamos ante un una crisis muchísimo más amplia. Ahora bien, tengo la impresión, por el tenor de las distintas preguntas u observaciones que se me hicieron, que muchos opinan que estoy pintando un escenario de tipo catastrofista, de derrumbe del capitalismo... En realidad, creo que estamos ante el riesgo de una catástrofe, pero no ya del capitalismo, sino de una catástrofe de la humanidad. En cierta forma, si tomamos en cuenta la crisis climática, posiblemente ya existe algo de eso... Yo opino (junto con Mészáros, por ejemplo, pero somos muy pocos los que damos importancia a esto) que estamos ante un peligro inminente. Lo dramático es que, por el momento, esto afecta directamente a poblaciones que no son tomadas en cuenta: lo que pueda estar pasando en Haití pareciera que no tiene la menor importancia histórica; lo que ocurre en Bangladesh no tiene peso más allá de la región afectada; tampoco lo ocurrido en Birmania, porque el control de la Junta militar impide que trascienda. Y lo mismo en China: se discuten los índices de crecimien­to pero no sobre las catástrofes ambientales, porque el aparato represivo controla las infor­maciones sobre las mismas.

Y lo peor es que esa «opinión», que está siendo constantemente construida por los medios, está interiorizada muy profundamente, incluso en muchos intelectuales de izquierda. Yo había comenzado a trabajar y a escribir sobre todo eso, pero con el comienzo de la crisis de alguna manera debí volver a ocuparme de las finanzas, aunque no lo hago con mucho gusto, porque lo esencial me parece que se juega en un plano distinto.

Para terminar: el hecho de que todo esto ocurra después de esa tan larga fase, sin paralelo en la historia del capitalismo, de 50 años de acu­mulación ininterrumpida (salvo una pequeñísi­ma ruptura en 1974/1975), así como también todo lo que los círculos capitalistas dirigentes, y en particular los bancos centrales, aprendieron de la crisis del 29, todo ello hace que la crisis avance de manera bastante lenta. Desde septiem­bre del año pasado, el discurso de los círculos dominantes viene sosteniendo, una y otra vez, que «lo peor ya pasó», cuando lo cierto es que, una y otra vez, «lo peor» estaba por venir. Por eso insisto en el riego de minimizar la gravedad de la situación, y sugiero que en nuestros análisis y forma de enfocar las cosas deberíamos incor­porar la posibilidad, como mínimo la posibili­dad, de que inadvertidamente estemos también interiorizando ese discurso de que, en definitiva «no pasa nada»...

Notas
1. Carlos Marx, El capital México, FCE, 1973, Vol. III, pág. 248.
2. Idem.
3. El fin de un ciclo. Alcance y rumbo de la crisis financiera, en Herramienta Nº 37, marzo 2008.

Fuente: http://laberinto.uma.es/index.php?option=com_content&view=article&id=385:como-la-crisis-del-29-o-mas-un-nuevo-contexto-mundial&catid=103:lab29&Itemid=54

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